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Es temprano y estoy medio dormido.

Mientras camino el aire fresco golpea mi cara haciendo que me incorpore lentamente.

Pobre Carlos, todo el día encerrado en este maldito negocio, pensé, mientras le compraba un paquete de pastillas. Él un hombre alto, un poco lento y algo amable. Llegó al kiosco para hacer un reemplazo temporal y se quedo ahí para siempre, jamás imagino siquiera la posibilidad de terminar trabajando en un espacio de cuatro por cuatro. Cuando era joven quería ser bailarín de tango, tenía habilidades para hacerlo pero nunca lo consideró apropiado. Bailando fue como conoció a su esposa, quien ahora carga con tres hijos. Ella quería ser pintora, pero desgraciadamente carecía de cualidades. Carlos terminará muriendo de viejo y su esposa Elena, años antes, en un accidente domestico.

Le pagué y seguí para el subte, como siempre me subí a los empujones en la puerta del medio del segundo vagón. Luego de algunos balanceos entre desconocidos me bajé en estación Florida. En el descanso de la escalera siempre está Miguel. Parado, sin mirar nada, con su viejo tarrito de lata fabrica ruidos. Hijo de familia humilde, soñó con ser un crack de fútbol, deporte que lo fascino de pequeño. Desafortunadamente para él, no era habilidoso y  siempre era el ultimo elegido por sus amigos al jugar en el potrero, el fútbol no seria la suyo. De adolescente fue soldador de oficio, y un oscuro día perdió la vista. Sus posibilidades se fueron limitando cada vez más hasta que no encontró otra salida que la del subte. Es imposible determinar cuando ni como morirá.

Cruzando el semáforo vi al garrapiñero, un hombre de aspecto austero y solitario, que contrariamente a esta impresión resultó ser muy simpático con la señorita que le estaba comprando. Raúl empezó vendiendo cosas en la calle, esas chucherías que de poco sirven para quien las compra, y que mucho ayudan a quien las vende. Él le decía "el rebusque". Los primeros años vendió en la calle, y luego lo hizo en el tren, cuando la venta ambulante no era moneda tan corriente. Un buen día se hizo amigo de un empresario de la garrapiñada y en una esquina aprendió el oficio. Él hubiese querido ser abogado, pero siempre estuvo ocupado corriendo atrás del mango, y casi sin darse cuenta estaba en sentado en un improvisado puesto siendo observado por un curioso peatón. Raúl no se queja de su pasar, Raúl tiene vida para rato, va a morirse de un infarto, pero solo cuando este tan viejo que ni siquiera le importe.

Entrando a la oficina vi al guardia, a la recepcionista y ya subiendo el ascensor a algunos compañeros de oficina no muy conocidos. Me sentí extraño pensando que todos alguna vez, y de algo vamos a morir, que la vida que hoy llevamos se la debemos en gran parte a la suerte, buena para unos pocos y mala para muchos.

Se me viene a la cabeza, la imagen de alguna abuela diciendo "Que injusto".

La puerta del ascensor se abre, mientras Carlos, Miguel, y Raúl siguen en los mismos lugares. Pienso en ellos, mientras mis engranajes se ponen en marcha haciéndome olvidar de los pequeños eventos imaginarios del día.

Mañana voy a preguntarles sus nombres y quizás con el tiempo conozca su verdadera historia.

"Esto es muy fácil amigo, solo se necesitan tres cosas para escribir: un lápiz, un papel y una cabeza.
Yo nunca pensé que podría hacerlo, pero acá me ve, soy profesor. Así que le aseguro que no se arrepentirá de este pequeño curso de escritura que le vengo a ofrecer."
Esas fueron las últimas palabras de quien quiso alguna vez enseñarme a escribir, a cambio de unas monedas. Murió de un ataque cardiaco en ese mismo momento. Al haber perdido una oportunidad tan barata de ingresar a las letras, acabo de decidir ser un hombre de ingeniería con un pensamiento moderadamente rígido.
Estas líneas no son mi primer escrito, solo son un simple epitafio para este difunto.

Vendedor de escritura fácil y barata, estarás siempre en nuestros corazones.

Que en paz descanses.