Lluvia, paraguas, gente apurada y mojada.
Algunos caminan cerca de la pared procurando no mojarse mientras fruncen un poco el seño, o se tapan inútilmente con lo que tienen a mano. Otros más precavidos van resguardados, aunque no tanto, porque resulta bastante complicado caminar por el microcentro con paraguas. Ocasionalmente, cuando salimos desprevenidos para el chaparrón, compramos en la calle uno barato a algún oportunista que nos lo ofrece.
¿Alguien alguna vez se preguntó de donde salen los vendedores de paraguas?
Es como si tuvieran un acuerdo secreto con el clima. Caen dos gotas y al segundo se escucha en cada esquina: "Paraguas, paraguas, el agua trae ofertas señores, solo diez pesitos..."
También puede que sean amigos de los diarieros y guarden la mercancía en sus puestos, estando así disponible ante la primer garúa.
El paraguas es un elemento propenso a olvidos no intencionales -a excepción que este roto. Habitualmente nos olvidamos de él en cafés y restaurantes; lo que me hace pensar que los mozos deben acumular una cantidad ilógica de estos artilugios y es probable que los ellos mismos, en sus ratos libres de días de lluvia, se transformen en los vendedores espontáneos.
La realidad es que por más paraguas que se tenga uno siempre se moja.
Ahora mismo tengo los zapatos empapados y la peluca despeinada.
Recomiendo entonces: Si llueve tratar de no salir y ser un cómodo espectador desde alguna ventana. De ser absolutamente necesario, salir, pero sin paraguas y disfrutando de cada gota que caiga sobre nosotros.