Es curiosa la poca tolerancia a los espacios muertos que solemos tener las personas, existe una costumbre social de rellenarlos con palabras inútiles, que como es de esperarse, dan lugar a conversaciones prefabricadas.

Creo que el caso más representativo de este comportamiento esta dado por quienes gustan hablar del tiempo. Las frases armadas, que abundan, suelen ser el puntapié inicial. Solo por citar algunas: "¡Que feo día!", "Uh, volvió el calor", "Lo que mata es la humedad", "Siempre que llovió paró" y el clásico "¿Irá a llover?" –para este ultimo es requerido que el ejecutor incline la cabeza hacia arriba mientras lo evoca.

Hablar del estado meteorológico termina siempre en charlas inútiles y evitables. Considero que esta conducta es culturalmente aprendida, aprendemos a no dejar espacios ni lugares incómodos, sobre todo en presencia de desconocidos.

Supongamos que cada conversación meteorológica dure aproximadamente un minuto. Si sumamos todas estas conversaciones inútiles, que al menos tendremos cada tres días por el resto de nuestras vidas, obtenemos el aterrador número de cinco días completos, en los cuales mantendremos conversaciones de libreto de las que no somos dueños.

Por eso, y en vistas de que el tiempo es escaso, tratemos de ganarte unos días a nuestras vidas entablando, en los espacios blancos, conversaciones de temas originales y propios; o bien disfrutando del silencio, que algunas veces nos hace tan bien.

Decidí tomarme un taxi. Por la esquina, a toda velocidad, terminaba de pasar el colectivo que mejor me dejaba; así que resignado levante la mano.

—Hola. —me dice un pibe de mi edad.
—Hola, hasta Acuña de Figueroa entre Humahuaca y Corrientes. —es imprescindible para los
taxistas que sepamos entre que calles se encuentra el lugar donde a donde no dirigimos (odian que digas solo la altura).
— ¿Vamos por esta derecho y doblamos en Acuña? —me pregunto, haciéndose el sota y evaluando mis conocimientos sobre calles.
—No, vamos por esta hasta Julián Alvarez, que después se transforma en Acuña. —respondí, demostrando que no estaba dispuesto a que me pasee por todo Buenos Aires.

En eso, escucho ruido a partido proveniente de la radio, y si bien no me interesa el fútbol, una extraña manía hace que a veces no soporte el silencio, así que pregunte:

— ¿Quien juega?
— River y Lanús, pero esta por terminar...listo ahí termino.
— Ah, ¿como salieron che?
— Empataron uno a uno. —Ahí él cambio abruptamente el tema— ¿Linda noche hoy, no? —cuando alguien me habla del tiempo despierta en mi el mayor desinterés, así que decidí cortar la charla.
—Si si, linda noche —respondí raspante cerrando la boca.

De golpe me siento entre calles desconocidas para un camino tantas veces recorrido, leo que el cartelito de la esquina decía Sanchez de Bustamante y me puse alerta—. Pasamos Córdoba, así que le avise:

—Tendrías que doblar a la derecha, sino te vas a pasar —la verdad es que estaba medio perdido.
—No, —me dice— hay que doblar a la izquierda, ¿no me dijiste Acuña?

Ahí entendí todo, ¡me estaba paseando!, no solo por una cuadra sino como por 10. También entendí a que se debía esa cara de comodín que llevaba puesta. Una sensación de ira recorrió mi espalda, mi cabeza, y finalmente mi boca:

—Flaco, ¡me estas paseando!, yo no te voy a pagar ni un peso de mas. ¿Qué te pensas?, -refunfuñe- ¿Sabes que?, me bajo acá.

No me respondió nada. Frenó el coche. Pagué lo que indicaban las luces verdes, dí un portazo, salí caminando.
Al final de cuentas había tomado un taxi por tan solo quince cuadras. Ahora tenía que caminar siete del sentido contrario. Luego de cruzar unas cuantas esquinas la bronca empezó a mermar, llegando a mi casa con el residuo suficiente que dio lugar a estas lineas.

Recapacitando me doy cuenta que mi enojo no sirve, ni sirvió para nada. La próxima, lo voy a dejar que me lleve hasta mi casa, y piense que conserva sus oscuras habilidades intactas.

Solo quería decirle cuanto me gustaba.
Mi cuerpo, torpe y desprolijo, dejaba traslucir mis intenciones; ni siquiera contaba con el factor sorpresa.
Ella caminaba rápido, a paso largo, escapando, adivinando.
Volvíamos del colegio. Lo pensé durante dos cuadras y en un ataque de valentía me animé.
Al acercarme mi cuerpo entorpeció y mientras balbuceaba -me gustas- le di un pisotón; se dio vuelta me miro a los ojos y me dijo: <<¡Salí tarado!>>.
Ahí empezó todo.

Es temprano y estoy medio dormido.

Mientras camino el aire fresco golpea mi cara haciendo que me incorpore lentamente.

Pobre Carlos, todo el día encerrado en este maldito negocio, pensé, mientras le compraba un paquete de pastillas. Él un hombre alto, un poco lento y algo amable. Llegó al kiosco para hacer un reemplazo temporal y se quedo ahí para siempre, jamás imagino siquiera la posibilidad de terminar trabajando en un espacio de cuatro por cuatro. Cuando era joven quería ser bailarín de tango, tenía habilidades para hacerlo pero nunca lo consideró apropiado. Bailando fue como conoció a su esposa, quien ahora carga con tres hijos. Ella quería ser pintora, pero desgraciadamente carecía de cualidades. Carlos terminará muriendo de viejo y su esposa Elena, años antes, en un accidente domestico.

Le pagué y seguí para el subte, como siempre me subí a los empujones en la puerta del medio del segundo vagón. Luego de algunos balanceos entre desconocidos me bajé en estación Florida. En el descanso de la escalera siempre está Miguel. Parado, sin mirar nada, con su viejo tarrito de lata fabrica ruidos. Hijo de familia humilde, soñó con ser un crack de fútbol, deporte que lo fascino de pequeño. Desafortunadamente para él, no era habilidoso y  siempre era el ultimo elegido por sus amigos al jugar en el potrero, el fútbol no seria la suyo. De adolescente fue soldador de oficio, y un oscuro día perdió la vista. Sus posibilidades se fueron limitando cada vez más hasta que no encontró otra salida que la del subte. Es imposible determinar cuando ni como morirá.

Cruzando el semáforo vi al garrapiñero, un hombre de aspecto austero y solitario, que contrariamente a esta impresión resultó ser muy simpático con la señorita que le estaba comprando. Raúl empezó vendiendo cosas en la calle, esas chucherías que de poco sirven para quien las compra, y que mucho ayudan a quien las vende. Él le decía "el rebusque". Los primeros años vendió en la calle, y luego lo hizo en el tren, cuando la venta ambulante no era moneda tan corriente. Un buen día se hizo amigo de un empresario de la garrapiñada y en una esquina aprendió el oficio. Él hubiese querido ser abogado, pero siempre estuvo ocupado corriendo atrás del mango, y casi sin darse cuenta estaba en sentado en un improvisado puesto siendo observado por un curioso peatón. Raúl no se queja de su pasar, Raúl tiene vida para rato, va a morirse de un infarto, pero solo cuando este tan viejo que ni siquiera le importe.

Entrando a la oficina vi al guardia, a la recepcionista y ya subiendo el ascensor a algunos compañeros de oficina no muy conocidos. Me sentí extraño pensando que todos alguna vez, y de algo vamos a morir, que la vida que hoy llevamos se la debemos en gran parte a la suerte, buena para unos pocos y mala para muchos.

Se me viene a la cabeza, la imagen de alguna abuela diciendo "Que injusto".

La puerta del ascensor se abre, mientras Carlos, Miguel, y Raúl siguen en los mismos lugares. Pienso en ellos, mientras mis engranajes se ponen en marcha haciéndome olvidar de los pequeños eventos imaginarios del día.

Mañana voy a preguntarles sus nombres y quizás con el tiempo conozca su verdadera historia.

Lluvia, paraguas, gente apurada y mojada.
Algunos caminan cerca de la pared procurando no mojarse mientras fruncen un poco el seño, o se tapan inútilmente con lo que tienen a mano. Otros más precavidos van resguardados, aunque no tanto, porque resulta bastante complicado caminar por el microcentro con paraguas. Ocasionalmente, cuando salimos desprevenidos para el chaparrón, compramos en la calle uno barato a algún oportunista que nos lo ofrece.
¿Alguien alguna vez se preguntó de donde salen los vendedores de paraguas?
Es como si tuvieran un acuerdo secreto con el clima. Caen dos gotas y al segundo se escucha en cada esquina: "Paraguas, paraguas, el agua trae ofertas señores, solo diez pesitos..."
También puede que sean amigos de los diarieros y guarden la mercancía en sus puestos, estando así disponible ante la primer garúa.
El paraguas es un elemento propenso a olvidos no intencionales -a excepción que este roto. Habitualmente nos olvidamos de él en cafés y restaurantes; lo que me hace pensar que los mozos deben acumular una cantidad ilógica de estos artilugios y es probable que los ellos mismos, en sus ratos libres de días de lluvia, se transformen en los vendedores espontáneos.
La realidad es que por más paraguas que se tenga uno siempre se moja.
Ahora mismo tengo los zapatos empapados y la peluca despeinada.
Recomiendo entonces: Si llueve tratar de no salir y ser un cómodo espectador desde alguna ventana. De ser absolutamente necesario, salir, pero sin paraguas y disfrutando de cada gota que caiga sobre nosotros.

Creer algo como natural y suponer una sucesión de hechos posteriores suele llevarnos al desengaño.
La infortunada historia de Juan y Eleonora empieza cuando se conocen. Ella atravesó la rutina de él, cortándola para siempre.
Los presentaron en un bar, y la química del encanto hizo que el resto de la noche sintieran que eran casi la misma persona.
Palabras, frases interrumpidas y risas, sobre todo risas, eran la esencia de ese particular momento.
Solo salían a lugares encontrados al azar y no estaba permitido terminar ninguna charla. Estas eran reglas implícitas de un juego mágico.
Hasta que la incertidumbre entró en el juego. Ahí algo se rompió.
Juan empezó a dudar y a evaluar posibilidades en su cabeza. Ella comenzó a ser indiferente, pero nunca fue clara.
Que fáciles hubieran sido las cosas sin ambigüedades y dudas.
La verdad que nuestro muchacho, con mucha resignación, dejo que se fuera sin siquiera saber porqué. Decidió dejar de llamarla y de pensarla. Esto le produjo un nudo en el estomago que algunos llaman angustia. Era imposible para él determinar si esta sensación poco grata duraría horas o años.
Eleonora, por su parte, sintió que era necesario tomar una breve distancia para ver como se comportaba él. Lo que no sabía es que estaba rompiendo la extraordinaria conexión que habían logrado. Nunca supo porqué razón Juan dejó de llamarla, y con el tiempo decidió olvidarlo.
Ambos fueron presos de un desengaño producto de la falta de sinceridad.
Ya muchos años pasaron y los rumbos de ambos no volvieron a cruzarse.
Suponen ser felices con otras personas, pero nunca pudieron volver a experimentar la conexión que tuvieron aquella primera noche.

Recién, volviendo de almorzar, pude prestar atención a un hecho del que quizás alguna vez fuimos autores.
La gente que estaba esperando el semáforo iba lentamente avanzando sobre la calle aun estando el indicador peatonal en rojo. Parece una pavada, pero la forma en que se abalanzaban hizo preguntarme: 

¿Cual es el apuro de la gente?

Y ahí mire alrededor y vi que estas personas estaban aceleradas. Empecé a pensar en dos ejemplos que son temas recurrentes en charlas con amigos:

-Cuando caminamos no respetamos las señales peatonales, y renegamos de los automovilistas que se detienen sobre la senda peatonal.
-Cuando andamos en auto, odiamos a los peatones que se tiran abajo de nuestro vehículo auto, y cuando tenemos oportunidad usamos la bocina como extensión de nuestra ira o nos paramos sobre el camino del peatón.

Solo con esto, creo que hay algo claro:

No hay respeto hacia el otro. Se pretenden los derechos, pero no las obligaciones.
Se me ocurre que nuestra sociedad está en una etapa adolescente.

¿Vos respetas al otro?

Caminar por calles no conocidas, tratando de encontrar casas de números capicúas.
Un día de esos que los taxistas suponen feos, andar bajo la lluvia sin rumbo por caminos aleatorios.
Sentarse en porche de la casa de un vecino desconocido a pensar en un improbable futuro.
Encontrarse sin premeditación en un puente escondido.
Disfrutar de una inesperada coincidencia.
Aburrirse un domingo por la tarde.
Mirar las estrellas.

Al viajar en subte para volver a mi casa solía observar a la gente. Los miraba a todos, miraba sus manos, sus caras, su ropa y sobre todo miraba sus actitudes.
Un desafortunado día se me ocurrió un curioso juego, tratar de encontrar una palabra única para cada persona en el vagón. De más esta decir lo inútil de este pasatiempo, pero resulto muy entretenido.
Al señor, que estaba a la derecha de la puerta del medio, con la cara cansada y el alma transparente (su vida parecia no tener sentido), lo llamé "solitario". La señora que estaba por bajar, tenia el pelo de dos colores y sus hombros estaban elevados por hilos invisibles, para ella elegí la palabra "Altanera". Una muchacha, situada a tres personas a mi derecha, se gano la palabra "Suave". A un hombre, con la piel arrugada y el ceño fruncido, le toco "Estresado".
Cuando estaba por bajar los había etiquetado a todos, y me di cuenta que era yo el único sin etiqueta. Para ahorrarme la vergüenza de explicarle a alguien semejante juego (para que elija una palabra por mi), trate de imaginarme desde afuera. Ahí con un poco de amargura me di cuenta que palabra indicada era "Mirón".
Luego de ese día no pude seguir observando a las personas, ni seguir jugando ese juego. Desde entonces leo, o a veces, miro el suelo.

"Esto es muy fácil amigo, solo se necesitan tres cosas para escribir: un lápiz, un papel y una cabeza.
Yo nunca pensé que podría hacerlo, pero acá me ve, soy profesor. Así que le aseguro que no se arrepentirá de este pequeño curso de escritura que le vengo a ofrecer."
Esas fueron las últimas palabras de quien quiso alguna vez enseñarme a escribir, a cambio de unas monedas. Murió de un ataque cardiaco en ese mismo momento. Al haber perdido una oportunidad tan barata de ingresar a las letras, acabo de decidir ser un hombre de ingeniería con un pensamiento moderadamente rígido.
Estas líneas no son mi primer escrito, solo son un simple epitafio para este difunto.

Vendedor de escritura fácil y barata, estarás siempre en nuestros corazones.

Que en paz descanses.

Subo, el ritmo es constante, despacio me detengo. Encuentro una fricción molesta en este corto camino.
Soy una sucesión de repeticiones ordenadas, los números son mi guia.
Bajo, el ritmo es constante, despacio me detengo. Estoy cansado de la monotonía de mi pesado andar.
Grasa en mis costados, suciedad sobre mi suelo y algunas bacterias recorren ansiosas mis botones.
Hay seres en mi interior, que suben y bajan a ritmo constante, en horas pactadas. 
Su monotonía me aterra y mis quejas pierden importancia.
Vuelvo a subir.