Creer algo como natural y suponer una sucesión de hechos posteriores suele llevarnos al desengaño.
La infortunada historia de Juan y Eleonora empieza cuando se conocen. Ella atravesó la rutina de él, cortándola para siempre.
Los presentaron en un bar, y la química del encanto hizo que el resto de la noche sintieran que eran casi la misma persona.
Palabras, frases interrumpidas y risas, sobre todo risas, eran la esencia de ese particular momento.
Solo salían a lugares encontrados al azar y no estaba permitido terminar ninguna charla. Estas eran reglas implícitas de un juego mágico.
Hasta que la incertidumbre entró en el juego. Ahí algo se rompió.
Juan empezó a dudar y a evaluar posibilidades en su cabeza. Ella comenzó a ser indiferente, pero nunca fue clara.
Que fáciles hubieran sido las cosas sin ambigüedades y dudas.
La verdad que nuestro muchacho, con mucha resignación, dejo que se fuera sin siquiera saber porqué. Decidió dejar de llamarla y de pensarla. Esto le produjo un nudo en el estomago que algunos llaman angustia. Era imposible para él determinar si esta sensación poco grata duraría horas o años.
Eleonora, por su parte, sintió que era necesario tomar una breve distancia para ver como se comportaba él. Lo que no sabía es que estaba rompiendo la extraordinaria conexión que habían logrado. Nunca supo porqué razón Juan dejó de llamarla, y con el tiempo decidió olvidarlo.
Ambos fueron presos de un desengaño producto de la falta de sinceridad.
Ya muchos años pasaron y los rumbos de ambos no volvieron a cruzarse.
Suponen ser felices con otras personas, pero nunca pudieron volver a experimentar la conexión que tuvieron aquella primera noche.

Recién, volviendo de almorzar, pude prestar atención a un hecho del que quizás alguna vez fuimos autores.
La gente que estaba esperando el semáforo iba lentamente avanzando sobre la calle aun estando el indicador peatonal en rojo. Parece una pavada, pero la forma en que se abalanzaban hizo preguntarme: 

¿Cual es el apuro de la gente?

Y ahí mire alrededor y vi que estas personas estaban aceleradas. Empecé a pensar en dos ejemplos que son temas recurrentes en charlas con amigos:

-Cuando caminamos no respetamos las señales peatonales, y renegamos de los automovilistas que se detienen sobre la senda peatonal.
-Cuando andamos en auto, odiamos a los peatones que se tiran abajo de nuestro vehículo auto, y cuando tenemos oportunidad usamos la bocina como extensión de nuestra ira o nos paramos sobre el camino del peatón.

Solo con esto, creo que hay algo claro:

No hay respeto hacia el otro. Se pretenden los derechos, pero no las obligaciones.
Se me ocurre que nuestra sociedad está en una etapa adolescente.

¿Vos respetas al otro?

Caminar por calles no conocidas, tratando de encontrar casas de números capicúas.
Un día de esos que los taxistas suponen feos, andar bajo la lluvia sin rumbo por caminos aleatorios.
Sentarse en porche de la casa de un vecino desconocido a pensar en un improbable futuro.
Encontrarse sin premeditación en un puente escondido.
Disfrutar de una inesperada coincidencia.
Aburrirse un domingo por la tarde.
Mirar las estrellas.

Al viajar en subte para volver a mi casa solía observar a la gente. Los miraba a todos, miraba sus manos, sus caras, su ropa y sobre todo miraba sus actitudes.
Un desafortunado día se me ocurrió un curioso juego, tratar de encontrar una palabra única para cada persona en el vagón. De más esta decir lo inútil de este pasatiempo, pero resulto muy entretenido.
Al señor, que estaba a la derecha de la puerta del medio, con la cara cansada y el alma transparente (su vida parecia no tener sentido), lo llamé "solitario". La señora que estaba por bajar, tenia el pelo de dos colores y sus hombros estaban elevados por hilos invisibles, para ella elegí la palabra "Altanera". Una muchacha, situada a tres personas a mi derecha, se gano la palabra "Suave". A un hombre, con la piel arrugada y el ceño fruncido, le toco "Estresado".
Cuando estaba por bajar los había etiquetado a todos, y me di cuenta que era yo el único sin etiqueta. Para ahorrarme la vergüenza de explicarle a alguien semejante juego (para que elija una palabra por mi), trate de imaginarme desde afuera. Ahí con un poco de amargura me di cuenta que palabra indicada era "Mirón".
Luego de ese día no pude seguir observando a las personas, ni seguir jugando ese juego. Desde entonces leo, o a veces, miro el suelo.

"Esto es muy fácil amigo, solo se necesitan tres cosas para escribir: un lápiz, un papel y una cabeza.
Yo nunca pensé que podría hacerlo, pero acá me ve, soy profesor. Así que le aseguro que no se arrepentirá de este pequeño curso de escritura que le vengo a ofrecer."
Esas fueron las últimas palabras de quien quiso alguna vez enseñarme a escribir, a cambio de unas monedas. Murió de un ataque cardiaco en ese mismo momento. Al haber perdido una oportunidad tan barata de ingresar a las letras, acabo de decidir ser un hombre de ingeniería con un pensamiento moderadamente rígido.
Estas líneas no son mi primer escrito, solo son un simple epitafio para este difunto.

Vendedor de escritura fácil y barata, estarás siempre en nuestros corazones.

Que en paz descanses.

Subo, el ritmo es constante, despacio me detengo. Encuentro una fricción molesta en este corto camino.
Soy una sucesión de repeticiones ordenadas, los números son mi guia.
Bajo, el ritmo es constante, despacio me detengo. Estoy cansado de la monotonía de mi pesado andar.
Grasa en mis costados, suciedad sobre mi suelo y algunas bacterias recorren ansiosas mis botones.
Hay seres en mi interior, que suben y bajan a ritmo constante, en horas pactadas. 
Su monotonía me aterra y mis quejas pierden importancia.
Vuelvo a subir.