Cuando pibe no jugaba bien a la pelota, de hecho: no jugaba y no juego.
Siempre era el último en ser elegido, y podía ver claramente la cara de decepción de aquél capitán que había perdido en el pan y queso.
Siempre pensaba "voy a intentarlo", esta vez le pongo ganas; pero no había oportunidad, porque siempre (pero siempre), me mandaban al arco. ¡Al Arco!, ¿a quién se le ocurre?. El arco es una de las posiciones más críticas en la cancha, ya que cuando todas las posibilidades defensivas han fallado, el último hombre, el héroe o el culpable; no es ni más ni menos que el arquero. Este era indudablemente un lugar poco adecuado para mi formulación como futuro crack de la redonda.
La película era siempre la misma:
Gastón al arco + Ataque contrario + Error defensivo = Gol + Insultos.Las frases de apoyo que recibía eran de lo más variadas: "Mano de manteca", "Que te quedas ahí parado", "Deja, salí que atajo yo", entre otras.
Un día me tomé mi difícil trabajo en serio, "ésta la atajo" me dije. Recuerdo que venía el gordo Perna a todo motor y de contraataque, tomé fuerzas y salí para hacer un achique, no se bien como, pero dos segundos más tarde el atacante estaba arriba de mi pierna y la pelota adentro del arco. No solo que fracasé en la atajada, sino que ligue también un esguince en tercer grado. En el momento los pibes me sacaron a un costado de la cancha y terminaron de jugar. Me acuerdo que estuve 3 meses con yeso.
De ahí en más rechazo sin dudar: "El fútbol no es lo mío".
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