¡Taxi!

Decidí tomarme un taxi. Por la esquina, a toda velocidad, terminaba de pasar el colectivo que mejor me dejaba; así que resignado levante la mano.

—Hola. —me dice un pibe de mi edad.
—Hola, hasta Acuña de Figueroa entre Humahuaca y Corrientes. —es imprescindible para los
taxistas que sepamos entre que calles se encuentra el lugar donde a donde no dirigimos (odian que digas solo la altura).
— ¿Vamos por esta derecho y doblamos en Acuña? —me pregunto, haciéndose el sota y evaluando mis conocimientos sobre calles.
—No, vamos por esta hasta Julián Alvarez, que después se transforma en Acuña. —respondí, demostrando que no estaba dispuesto a que me pasee por todo Buenos Aires.

En eso, escucho ruido a partido proveniente de la radio, y si bien no me interesa el fútbol, una extraña manía hace que a veces no soporte el silencio, así que pregunte:

— ¿Quien juega?
— River y Lanús, pero esta por terminar...listo ahí termino.
— Ah, ¿como salieron che?
— Empataron uno a uno. —Ahí él cambio abruptamente el tema— ¿Linda noche hoy, no? —cuando alguien me habla del tiempo despierta en mi el mayor desinterés, así que decidí cortar la charla.
—Si si, linda noche —respondí raspante cerrando la boca.

De golpe me siento entre calles desconocidas para un camino tantas veces recorrido, leo que el cartelito de la esquina decía Sanchez de Bustamante y me puse alerta—. Pasamos Córdoba, así que le avise:

—Tendrías que doblar a la derecha, sino te vas a pasar —la verdad es que estaba medio perdido.
—No, —me dice— hay que doblar a la izquierda, ¿no me dijiste Acuña?

Ahí entendí todo, ¡me estaba paseando!, no solo por una cuadra sino como por 10. También entendí a que se debía esa cara de comodín que llevaba puesta. Una sensación de ira recorrió mi espalda, mi cabeza, y finalmente mi boca:

—Flaco, ¡me estas paseando!, yo no te voy a pagar ni un peso de mas. ¿Qué te pensas?, -refunfuñe- ¿Sabes que?, me bajo acá.

No me respondió nada. Frenó el coche. Pagué lo que indicaban las luces verdes, dí un portazo, salí caminando.
Al final de cuentas había tomado un taxi por tan solo quince cuadras. Ahora tenía que caminar siete del sentido contrario. Luego de cruzar unas cuantas esquinas la bronca empezó a mermar, llegando a mi casa con el residuo suficiente que dio lugar a estas lineas.

Recapacitando me doy cuenta que mi enojo no sirve, ni sirvió para nada. La próxima, lo voy a dejar que me lleve hasta mi casa, y piense que conserva sus oscuras habilidades intactas.

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