Creer algo como natural y suponer una sucesión de hechos posteriores suele llevarnos al desengaño.
La infortunada historia de Juan y Eleonora empieza cuando se conocen. Ella atravesó la rutina de él, cortándola para siempre.
Los presentaron en un bar, y la química del encanto hizo que el resto de la noche sintieran que eran casi la misma persona.
Palabras, frases interrumpidas y risas, sobre todo risas, eran la esencia de ese particular momento.
Solo salían a lugares encontrados al azar y no estaba permitido terminar ninguna charla. Estas eran reglas implícitas de un juego mágico.
Hasta que la incertidumbre entró en el juego. Ahí algo se rompió.
Juan empezó a dudar y a evaluar posibilidades en su cabeza. Ella comenzó a ser indiferente, pero nunca fue clara.
Que fáciles hubieran sido las cosas sin ambigüedades y dudas.
La verdad que nuestro muchacho, con mucha resignación, dejo que se fuera sin siquiera saber porqué. Decidió dejar de llamarla y de pensarla. Esto le produjo un nudo en el estomago que algunos llaman angustia. Era imposible para él determinar si esta sensación poco grata duraría horas o años.
Eleonora, por su parte, sintió que era necesario tomar una breve distancia para ver como se comportaba él. Lo que no sabía es que estaba rompiendo la extraordinaria conexión que habían logrado. Nunca supo porqué razón Juan dejó de llamarla, y con el tiempo decidió olvidarlo.
Ambos fueron presos de un desengaño producto de la falta de sinceridad.
Ya muchos años pasaron y los rumbos de ambos no volvieron a cruzarse.
Suponen ser felices con otras personas, pero nunca pudieron volver a experimentar la conexión que tuvieron aquella primera noche.

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